Fragmento del libro del Más allá

51H51kXpzULCapítulo de “La Valencia del Más Allá”

 

 

Una Iluminada del siglo XX.

 

 

A

partir de aquí, querida lectora o lector, quiero hablarte en primera persona. Y es que pretendo reflejar los hechos, de los cuales fui testigo directo, ocurridos a Josefa de Bocairent a la que desde un primer momento, sin ánimo de burla, llamé La Iluminada.

 

Josefa vivía en la calle de l’Aljub de esa pintoresca población de la comarca de la Vall d’Albaida. Como la calle era estrecha recordaba un acentuado carácter arábigo, con distintas pendientes y escalones que la convertían necesariamente en peatonal. Estaba adornada con plantas que contrastaban con el color blanco de las paredes de sus humildes casas. Corría el año 1980 cuando adquirí una de estas modestas moradas en la que pasar momentos de solaz junto a mi familia. Un día me sorprendieron unos cánticos místicos y sentimentales, interpretados por una mujer, que provenían del interior de la casa de enfrente. Otras veces escuché unas conversaciones en voz potente con preguntas y respuestas realizadas por la misma persona. Así día tras día sin que coincidiera con la autora, a la que tenía ganas de conocer físicamente. El primer día que la vi me produjo la impresión de ser una señora septuagenaria, esquiva, desconfiada, muy entrada en carnes, cabellos blancos un tanto desordenados y de ojos pequeños e irritados.

 

Poco a poco me gané su confianza y comenzó a relatarme que la visitaban seres desconocidos que la pretendían atormentar, y esto ocurría porque el pueblo estaba endemoniado y todos eran pecadores que faltaban a los preceptos esenciales de la religión de Dios. Ella se convertía así en una fiel vigilante que estaba en lucha constante contra el demonio. Me hablaba y hablaba por la necesidad de hacerlo con alguien que la escuchara.

 

Era soltera, santa y por lo tanto, milagrosa, según ella misma decía. Varias veces recibió la visita de un novio inexistente, motivo por el cual, días antes, hacía acopio de comida para poder invitarle. Hasta me anunció el día de su boda. Pero el pretendido amante nunca aparecía. Pasado un tiempo me hizo entrar en su casa, muy limpia por cierto, mostrándome con satisfacción sus estancias que de forma continua pintaba de diversos colores, predominando el verde. Observar su propia habitación producía una visión peculiar. Estaba pintada casi totalmente de porporina, como ella decía, ese color púrpura que pretende imitar el color plateado o metalizado. En ella se encontraban, entre un desorden organizado, diferentes estampas con imágenes de los santos a los que Josefa tenía devoción, formando un conjunto, un tanto esperpéntico, que no era sino un reflejo de su propia existencia. Decía que la virgen de Agres era la verdadera, esto lo repetía siempre.

 

Me contaba unas historias de su infancia siempre relacionadas con una tijera. De nuevo la tijera convertida en elemento enigmático y lleno de simbología, considerado maléfico como otros utensilios cortantes que, en ocasiones, tenían una función dual ya que también eran beneficiosos y servían para cortar las energías negativas. Otras veces me relataba un incendio fortuito producido en sus propias faldas cuando ya era adolescente y de cuyo suceso salió ilesa, decía, por intervención divina. Escribía y escribía oraciones relacionadas con sus santos preferidos que siempre acababa con afirmaciones de su propia santidad. Me facilitaba sus escritos y yo los leía con atención, cosa que a ella le satisfacía enormemente. Yo escuchaba siempre con respeto los relatos de sus propias alucinaciones, por lo que la confianza que tenía en mí pasó a convertirse en una especie de veneración hacia mi persona.

 

Conforme fue pasando el tiempo sus cánticos se volvían más histéricos y aumentaba el tono de su voz, recriminando en sus conversaciones a los invisibles visitantes. Vivía momentos de completo éxtasis, con pérdidas de la noción y acusados signos de debilidad. Los vecinos, que desde hacía tiempo asumían sus extravagancias decían esta dona ja fa temps que està mal del cap, la soportaban y yo la compadecía.

 

Continuó quejándose de que era víctima de una persecución constante de totes les persones que tenien el Dimoni dins lo cos y que, según decía, era casi todo el pueblo. En este punto, ya me facilitaba una copia de sus escritos realizados en castellano, mezclados, sin pretenderlo, con algunas palabras valencianas, su auténtica lengua materna, plasmados en letra grande y clara sobre cuartillas lineadas. Los perdí, con dolor y cierto sentido de culpabilidad, cuando tras algunos años tuve que vender de forma precipitada aquella casa. Mi ausencia de aquel lugar hizo que no tuviera señales de Josefa, hasta que hace ya algún tiempo supe que fue internada en un asilo del propio Bocairent donde me dijeron que había muerto. Fue la última y triste noticia que tuve de ella, dejando tras de sí una relación de algunos años. Me hubiera gustado conocerla un poco más y conocer verdaderamente los motivos de su iluminación en forma de locura, quizá provenientes de una desgraciada infancia.

 

He contado este caso para que lo imaginemos transportado a épocas pasadas. Tan sólo en el siglo XVII Josefa hubiera sido una Venerable y se hubiera iniciado el proceso de beatificación. Bocairent, bajo el aura mágica de la mítica Serra de Mariola, la hubiera aclamado como santa y en su fama póstuma se hablaría de hechos prodigiosos, de una mujer tocada por la gracia de Dios y aun después de muerta le atribuirían portentosos milagros y rezarían las oraciones incluidas en estampas con su figura. Tal vez el destino hizo que yo la conociera para poder plasmar estas limitadas líneas sobre su persona. Tal vez.

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